Alberto y Ramiro son padre e hijo, oriundos de la localidad de Monje. Juntos vivieron la experiencia de cruzar la Cordillera de los Andes y contaron a Info Más la inolvidable aventura.
La expedición comenzó el 2 de febrero y duró diez días, fue realizada por Alberto «Tato» Benitez, de 39 años, y Ramiro, su hijo de 17. «Todos los que sienten un poquito la historia de nuestro país tendrían que hacerlo», aseguró el hombre.
En 2017 se cumplió el bicentenario de uno de los hechos más trascendentes de la Historia Argentina, sudamericana y mundial: el Cruce de los Andes, llevado adelante bajo la conducción del general José Francisco de San Martín, Padre de la Patria y Libertador de la Argentina, Chile y Perú.
Como un amante de la historia sanmartiniana, Alberto decidió comprar un libro a inicios del 2019, sin pensar que lo llevaría al mismísimo lugar que cruzó San Martín. «Compré el libro por Facebook, el hombre me lo trajo y nos pusimos a hablar. Me preguntó si me gustaría hacer el Cruce de los Andes y le dije que si».
En ese momento, algo inesperado para el hombre de Monje empezó lentamente a cobrar fuerzas. «En octubre me volvió a escribir, yo estaba medio indeciso por el tema del trabajo, mi hijo todavía está estudiando… me dijo que quedaban pocos cupos, lo invité a Ramiro, él se enganchó y ahí agarré vuelo del todo. Así nació el tema del viaje, algo inesperado porque no lo tenía en mente y la decisión la tuve que tomar en una semana», contó.
La travesía la emprendieron junto a un grupo de 8 personas el 2 de febrero, y duró diez díaz, junto a ellos se encontraba Marcos Gianni, quien realizó el cruce de Los Andes unas 15 veces pero que en esta oportunidad, vivieron hechos únicos.
En cuanto a las sensaciones, Alberto destacó: «Personalmente es muy fuerte, no se si todos lo viven igual, yo creo que si. Llegás a lugares históricos, muy importantes, nos miramos entre todos lagrimeando, todos emocionados, el corazón a mil, te abrazas con personas que recién conociste, las palabras del historiador o de Marcos te despeluca el cuerpo. En general es un viaje muy completo en el sentido histórico porque te das cuenta que lo que sabias de historia es sólo la cuarta parte. Es de supervivencia, no tan físico sino psíquico, espiritual y de fortaleza. Mi experiencia fue muy completa, volví muy realizado».
Además, indicó que comenzó a valorar cosas cotidianas, como un simple sorbo de agua. «Acá se nos termina la batería del celular y nos desesperamos por encontrar un enchufe. Allá lo que nos preocupaba era tener agua en la cantimplora porque sino te deshidratas. Me di cuenta cuanto vale una vida humana, animal, porque también pensaba en mi caballo si le pasaba algo yo no salgo de ahí. Todas esas cosas llegas a valorar y por ahí en la vida cotidiana no lo hacés», expresó.
El viaje comenzaba casi de madrugada, en donde se viven muchas más horas de oscuridad a diferencia de la región. El desayuno era el primer paso para comenzar el día. Cada uno de ellos con trechos diferentes desde 8 hasta 12 horas de cabalgata hasta llegar al punto fijo de acampe.
«Fue un viaje muy especial, me dicen ellos que pasaron cosas muy bellas que nunca lo pasaron, el mismo Gianni que tiene 15 cruces vivió cosas que nunca vivió. Cuando llegamos a la Quebrada de la Honda que es el lugar más alto, vimos los colores de todas las cordilleras, el único pico nevado era el Aconcagua, vimos cóndores muy cerca nuestro, fue impactante», recordó.
El límite con Chile fue por el paso de Las Llaretas, el mismo que utilizó San Martín para arribar al país vecino un día antes que los ejércitos. «Cuando llegamos al Valle Los pastos donde se unieron los ejércitos para volverse a dividir, el general tuvo que elegir un paso para llegar antes, entonces el baquiano le dijo que había otro paso pero era muy riesgoso, yo sacando mis conclusiones no lo vi riesgoso por el relieve, sino por la posibilidad de alguna emboscada, no había mucho lugar para donde ir, fue las conclusiones que yo saqué».
«Cuando llegamos al límite con Chile es muy emocionante por las cosas que ellos dicen, te terminás abrazando con todos, encontrás chilenos cabreros que nos decían que hacia años que no veían a un argentino en el lugar. Eso te da impotencia porque parece que ellos son propios acá y nosotros parecemos los extraños», detalló.
Por último, y más allá del miedo, de la soledad de caminar durante horas sin hablar, la incertidumbre, el relieve y el clima, aseguró que volvería a repetir la experiencia y a recomendarla. «Tengo muchos amigos, conocidos, gente que viene a mi comercio. Creo que todos lo que sientan nuestro país deberían hacerlo. Después de un viaje de esto hay un antes y un después», concluyó Alberto que no sólo pudo vivir la experiencia sino que lo hizo con el condimento especial de la compañía de su hijo.




























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