La crisis económica y la fuerte ola de importaciones golpearon de lleno a la pequeña pyme de Carrizales dedicada a la fabricación de asientos para bicicletas. La empresa “El Miguelito” bajó sus persianas en junio del año pasado y, tras un largo proceso, su dueño Rogelio Bella logró vender la última máquina que le quedaba en el taller para saldar la totalidad de las indemnizaciones a sus trabajadores.
“Sí, vendí esta semana la última máquina que me quedaba. Fue un proceso de casi un año y medio, nosotros cerramos junio del año pasado, en el que fui ‘mal vendiendo’ las máquinas, porque cuando uno está en momentos de recesión necesita vender rápido y obviamente vendés mal”, relató Bella en diálogo con Info Más.
El empresario contó que el objetivo siempre fue cumplir con quienes habían trabajado a su lado. “Vendí todo lo que tenía, todo. Tuve que juntar cerca de ochenta millones de pesos para cubrir las indemnizaciones de cada uno de los empleados, más algunas deudas que habían quedado de algunos meses en los que no se había podido pagar aportes previsionales y demás”, explicó.
En ese camino, el último paso fue desprenderse del balancín que permanecía en su galpón. En ese sentido, el vecino de Clarke aseguró: “Me lo pagaron una parte en efectivo y una parte en cheques. Voy a negociar los cheques, voy a sacar un pequeño crédito por una parte que me falta y ya, si Dios quiere y me acompaña, termino de pagarles todo a los empleados, a cada uno de los empleados. Vamos a poder pagarles hasta el último centavo de lo comprometido”.
El costo personal, sin embargo, fue enorme. “Obviamente, en lo personal me quedé prácticamente en la calle, digamos. No me quedó ninguna máquina, me quedaron unos galpones que en el pueblo poco valor tienen. Y nada, me estoy dedicando a la docencia, que es el camino que encontré para poder seguir adelante y parar la olla en mi casa. Esa es la realidad”, confesó.

Lejos de sentir orgullo, Bella reconoció la tristeza de haber perdido el proyecto que lo marcó durante años: “No me produce orgullo, a mí me hubiera gustado seguir trabajando con mi fábrica. Yo sentía que en la vida servía para eso, servía para renegar con los fierros, para fabricar, para estar en el medio de una PyME. Bueno, no pude”.
A pesar de todo, rescata un valor fundamental: cumplir la palabra que había compartido con su padre. “Tengo la tranquilidad de haberle cumplido a mi viejo, que se nos fue hace un par de años. Siempre habíamos hablado de que, si llegaba el momento, había que vender todo para pagarle a la gente lo que le correspondía. Y yo decidí hacer lo que él hubiera hecho”, cerró con emoción.