Graciela Lo Russo tenía 16 años cuando tomó una decisión que iba a cambiarle la vida. No había guerra todavía, ni urgencias, ni salas llenas de soldados heridos. Solo una convocatoria inédita y una intuición.
“En agosto del año 1981 me enteré de que el Ejército Argentino por primera vez incorporaría mujeres a sus filas para formarlas como enfermeras. Con una ilusión sin precedentes me anoté y luego aprobé la admisión. Con ansias esperaba el momento de ingresar”, recuerda ella, que creció en Morón y por entonces apenas empezaba a imaginar su futuro.
La confirmación llegó meses después, en febrero de 1982. “Algo inesperado pasó el 2 de abril de 1982, cuando nos enteramos de que Argentina recuperaba las Islas Malvinas. Con orgullo en mi pecho pensé: ‘Llegó el día’”. A partir de ese momento, lo que hasta entonces era formación empezó a tener otro peso. Las prácticas se intensificaron y el hospital se convirtió en un lugar atravesado por la urgencia.
Cuerpos marcados por la guerra
Las escenas que empezaron a ver ya no tenían nada de teoría. Eran cuerpos marcados por la guerra, intervenciones complejas y decisiones médicas tomadas en contextos límite. En ese marco, hubo una situación que le quedó grabada para siempre.
“En una de esas curaciones había un soldado al que debimos realizarle injertos de piel extraídos de su propia espalda para reconstruir la otra pierna. Los médicos no sabían cómo reaccionaría su organismo, pero gracias a Dios todo fue un éxito, aunque el sufrimiento de ese soldado me quedó grabado en la mente”, recuerda.
Ese soldado era Julio Ruggiero, de San Isidro. Había perdido una pierna y atravesaba un proceso largo y doloroso de recuperación. En ese momento, él era uno más entre los tantos pacientes que llegaban al Hospital Militar de Campo de Mayo, pero con el tiempo su historia iba a cruzarse definitivamente con la de Graciela.

Ya fuera de la urgencia inicial, cuando Julio volvió a aparecer en la vida de Graciela, esta vez desde otro lugar. “En el mes de octubre, luego de que terminó la guerra, nos dividieron en grupos para cumplir el servicio en distintos hospitales. En esas dos semanas de ausencia en el Hospital Militar de Campo de Mayo, Julio Ruggiero, que ya tenía el alta provisoria, le preguntó a una compañera mía si podía hablar conmigo”.
El encuentro se organizó sin demasiada ceremonia. Un miércoles, a la salida. “Recuerdo que los miércoles salíamos a las 13 y teníamos la tarde libre. Le dije que sí, que el miércoles nos veríamos”. Lo que siguió fue un cambio de escenario total.
“Uno de esos francos me vino a buscar en auto y me llevó hasta mi casa, me invitó a bailar, cosa que hasta ese momento nunca había hecho sola, siendo que solo tenía 17 años. Tuve que ingeniármelas para poder salir ese sábado. Fuimos a bailar a un lugar que se llamaba Cadalso. Era lejos de donde vivía, con tanta mala suerte que en un momento se prendió la luz del boliche y me encontré con muchas de mis camaradas. En unos días se enteró todo el mundo”, cuenta entre risas, con una naturalidad que contrasta con todo lo anterior.
Poco después, la relación con Julio ya estaba consolidada. “Yo estaba de novia con Julio Ruggiero y decidimos casarnos. El 5 de noviembre de 1983 lo hicimos”. Con el tiempo llegaron sus tres hijos: Fabián, Gabriel y Malvina y luego, sus cuatro nietos. Hoy viven en La Caleta, en el partido de Mar Chiquita.
Fuente: TN

















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